Bergman, amores tormentosos

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La mirada total de Ingmar Bergman

Por Javier Rodríguez Marcos

Amores tormentosos. Si, como dice el tópico, la patria de un artista es su infancia, la de Ingmar Bergman era un lugar sentimentalmente bajo cero en el que hacía más frío dentro de casa que fuera. Y hablamos de Suecia, cierto, pero también de un hogar en el que “el pecado, la confesión, los castigos y el perdón condicionaron la estricta manera en la que fue criado; la relación entre padres, hijos y Dios como un intermediario implacable lo invadía todo”. Así explica Elvira Lindo en nuestra portada la “herida” que el cineasta tuvo hasta su muerte en carne viva.

Para tratar de explicarse a sí mismo, Bergman escribió La buena voluntad, un libro sin género específico llevado al cine por Bille August con el título de Las mejores intenciones. En él narra cómo se conocieron sus padres, dos seres que parecían venir de planetas distintos pero que terminaron adoptando -y obligando a adoptar a sus hijos- el rigor puritano del progenitor. La editorial Fulgencio Pimentel acaba de recuperarlo como punta de lanza de la publicación de la obra completa de un autor que en los últimos años ha crecido como literato sin que disminuya su altura como dramaturgo y director de cine. A la lectura de Elvira Lindo se suma un análisis de Álex Vicente centrado en la enorme huella que Bergman ha dejado en el cine mundial. Conclusión: no basta con reclamarse heredero suyo para estar a la altura de semejante herencia. De hecho, muy pocos lo consiguen porque no es lo mismo arremeter contra la familia o el matrimonio en 1971 que en 2021.

Amores por Skype. Así, “emponzoñada por la tecnología”, es la pasión que narra Alan Pauls en su novela La mitad fantasma. También fue cibernética, pero sin ponzoña, la entrevista que mantuvo con él Raquel Garzón. Ella en Madrid; él, en Berlín. El escritor vive ahora en la capital alemana y no tiene billete de vuelta a Buenos Aires. Se cansó, dice, de la imposición de ser argentino. También de ser todo el rato Alan Pauls. “Quiero salir”, explica, “del mundo mental en el que trabajé hasta ahora. Romper esa membrana y ver qué hay afuera, buscar complejidad en la superficie de las cosas y no en subjetividades o imaginarios ensimismados, un poco autistas, que se convirtieron en mi expertise”. La otra mitad de Pauls pide paso.

Amor al cante. ¿Un cantaor que lo sabe todo de flamenco y que, pese a ello, se arranca por sevillanas? En efecto, así es Diego Clavel, que acaba de publicar una Antología de cantes en 10 CD. Según nuestro crítico Carlos García Simón, se trata de un acontecimiento que pondrá de los nervios a los puristas, pero descubrirá un mundo entero a los aficionados sin prejuicios. “El conocimiento enciclopédico de Clavel”, argumenta, “es de tal calado que se equipara al de un Mairena o un Marchena, con la salvedad de que ninguno de los dos últimos ha grabado con tal minuciosidad la diversidad de cantes que conocían”. Palabras mayores.

Recomendaciones con nombre propio.

Antonio Muñoz Molina nos cuenta en su crónica semanal la impresión que le dejó asistir a la representación de la ópera Peter Grimes en el Teatro Real de Madrid. Salió con la sensación de que el gran arte no es el que se mide con otras artes sino con la vida misma. Es el caso.

Antonio Elorza estuvo en el Museo Naval y en el Museo de América, ambos también en Madrid, y su conclusión es menos halagüeña: no es lo mismo almacenar objetos que explicarlos. Una lástima en un tiempo, el nuestro, en el que los museos llamados “de historia” reciben más visitas que nunca.

Paula Bonet, dibujante y escritora, responde a nuestra entrevista En Pocas Palabras y nos revela lo mejor y lo peor que han dicho de sus dibujos. También lo que el arte le enseñó cuando decidió saltar a la literatura con la novela La anguila: a “escribir con los ojos cerrados”. Cuando le preguntamos qué está socialmente sobrevalorado -un clásico de nuestro cuestionario- responde: “El envoltorio”. Tal vez por eso sus respuestas no tienen desperdicio.

 

Bergman, un amor tormentoso. Por ELVIRA LINDO
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¿Por qué lo llaman arte público cuando quieren decir monumento? Una conversación entre Rogelio López Cuenca y Jorge Ribalta
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